domingo, 19 de julio de 2015

El alma de Chile

Cardenal Raúl Silva Henríquez (1907 - 1999)
"La fe así entendida se convierte, también, por la esperanza, en el motor de la historia. La historia sólo se detiene e inmoviliza para los pueblos que han abandonado su fe y, con ella, sus motivos de esperar. 

Pero un pueblo como Chile, nutrido en la fe del Evangelio, no se ha detenido ni puede nunca detenerse. Nada puede interrumpir su marcha, su camino ascendente. Nada: ni siquiera el dolor, el inexpresable sufrimiento de una división, de una profunda herida en el cuerpo social. 

Al contrario: ese mismo dolor parece purificar su alma y clarificar su camino. Cuando Pedro del Valdivia acampó junto al lecho pedregoso y abierto del Mapocho, escuchó por vez primera el nombre que designaba un montículo de piedra entre las aguas del río: Huelén. Huelén, que quiere decir, "Dolor". 

Y Jaime Eyzaguirre, estudioso y enamorado como ninguno de la historia y el alma de nuestro Chile, de quien tomamos esta cita, nos descubre un misterioso rasgo de nuestro ser: Chile crece mejor en el dolor. La lucha y el quebranto han llegado a ser compañeros inseparables de nuestra raza. Es la Cruz, es la huella de los pueblos que tienen historia y son capaces de hacerla. Por eso el Chile vencedor en todas sus guerras recuerda apenas sus grandes éxitos bélicos y se detiene más en sus epopeyas de dolor: la Concepción e Iquique –allí donde se entrega la vida, allí donde prima el holocausto, y el espíritu, desnudo de todo éxito temporal, se hace noble y puro en el crisol del sufrimiento. 

También nosotros conocemos el dolor. Los chilenos de esta década, de esta generación, hemos tenido el privilegio de sufrir, de llorar las lágrimas amargas y beber el cáliz de la incomprensión y del odio. Conocemos el dolor. Durante un tiempo demasiado largo hemos visto derrumbarse nuestras seguridades y orgullos, agrietarse los cimientos de todo aquello que nos hacía grandes, fuertes, respetables; hemos temido que chile dejara de ser Chile, que nos tornáramos irreconocibles a nuestros propios ojos, que la Patria perdiera su rostro y su alma".

Tomado de: El alma de Chile, cardenal Raúl Silva Henríquez

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