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| Alameda de Las Delicias a principios del s. XX |
Es justo reconocer que no es fácil lidiar con su personalidad. Dado que se trata de una figura que parece correr con “colores propios”, que no tiene una doctrina política clara, a lo que se suman las dogmáticas tentativas de definición por parte de sus oponentes, quizás lo más fácil sea preguntarse primero, ¿quién "no" es Ossandón? El senador no representa ni el estilo de gobierno que caracteriza al Ex Presidente, ni sus bromas, ni su forma de hablar, ni sus estudios, ni su trayectoria empresarial ─ “Yo fui gerente de una empresa agrícola; él fue gerente del Banco de Talca”, comentó orgullosamente en el debate─ ni tampoco a las corrientes políticas que se han arrimado en su trayectoria. Menos aún a Felipe Kast, la derecha liberal, la derecha pulcra, abierta a las “cosas nuevas”, con toda la acción social del padre Hurtado, pero sin los "complejos" de la Iglesia Católica (de ahí la “evolución” política), que sí parece encarnar el “díscolo” senador.
¿Quién es, entonces, Ossandón?
Tal como sugirió Juan Ignacio Brito, la posición que en la derecha ocupa este personaje es más que la de un díscolo, o la de un terrorista de escala menor que no respeta compostura alguna. Porque si hablamos de vicios y malos modales es difícil que salgamos bien parados si queremos definir la esencia de un buen político. Baste que leamos las "ilustradas" cartas personales de don Diego Portales (“Nadie quiere vivir sin el apoyo del elefante blanco del Gobierno y cuando los huevones y las putas no son satisfechos en sus caprichos, los pipiolos son unos dignos caballeros al lado de estos cojudos”, le decía a Antonio Garfias en 1831), uno de los próceres curiosamente más admirados por esa misma derecha que convulsiona con las conductas de Ossandón. Lo mismo ocurre con las virtudes. Stefan Sweig relata que Fouché, el genio tenebroso de la Revolución Francesa, pese a la perfidia política que le caracterizó, era en el hogar un “hombre singular”, el “padre de familia más tierno”. Y todos sabemos que sus virtudes privadas no perfilaron su modo de hacer política.
Siguiendo este hilo conductor, curiosamente esa derecha, que vincula las virtudes privadas al éxito en el ámbito público (virtudes familiares que, por cierto, muchos no buscan "imponer" a los demás), probablemente se esté metiendo en un problema insoluble al expulsar a Ossandón (y lo que representa) de sus límites ideológicos. El senador, que no es el candidato de los letrados, ni de los técnicos, ni de los diplomáticos, tiene larga experiencia en gobiernos comunales, lo que, por cierto, no basta para gobernar un país, pero que, con todo, es una experiencia notablemente superior, aunque no mejor ─en términos políticos─ que la gestión empresarial o la academia. Pero lo importante es otra cosa: son las “aguas subterráneas”, los sentimientos, las actitudes e ideas políticas que hay tras su figura ─la historiadora Teresa Pereira decía que el Partido Conservador chileno (base explicativa de personas como Manuel José Ossandón) estaba compuesto no sólo por "ideas", sino también por "figuras" y "actitudes"─; todas excluidas del maistream de los sectores ilustrados del Santiago contemporáneo y que deambulan, sin mucho éxito, por las periferias de la derecha chilena, por el "Santiago que se fue", como diría Oreste Plath. Al senador le falta mucho, pero hay algo que no dejó ir: no memoriza las cifras exactas sobre lo que cuesta su programa de gobierno, pero no parece haber puesto “la carreta delante de los bueyes”. Sabe que lo primero es la política y después la economía, punto que la derecha oficial ya ha olvidado hace bastante tiempo.
En este diagnóstico, que puede ser incompleto, pero no por ello incorrecto, coinciden una buena parte de chilenos, como lo constatamos en las recientes elecciones primarias, sobre todo de diez comunas típicas del Santiago marginal (sin que se entienda en términos peyorativos), de esa Región Metropolitana que es víctima de las "externalidades" del progreso. Son una clase de chilenos que Sebastián Piñera ni Felipe Kast aspiran a representar, un tipo de chilenos que proclaman, como Teófilo Cid, que "nada une tanto como el frio", son esos chilenos que no son nostágicos de un orden social superado, pero que intuitivamente son críticos del ideal aspiracional, de eso que últimamente se ha llamado la "excelencia" y el "mérito" como fines de la vida personal. A esa categoría de chilenos que no tiene sus esperanzas puestas en “subir” de nivel social para entrar en otro, sino al compatriota que quiere ser feliz, pero que la vida lo ha acorralado con incertidumbres materiales (sobre todo por elecciones que no hubiese querido hacer) y, a veces, con más que una desgracia personal que nadie puede resolver sino él mismo (pues redes ni capital cultural, posee), a ese chileno que, en el fondo, anhela la plenitud existencial antes que de "poseer". A ese hombre y mujer que tiene fe y que, por lo mismo, tiene que seguir "poniéndole el hombro" en ese panorama que quizá nunca se arregle del todo, por sus hijos, por su familia, por sí mismo. Gráficamente, ese chileno que representa a Farid García, el notable ganador del programa Masterchef, donde el mérito parecía ser sólo un medio al servicio de la amistad. El senador parece haberlos aglutinado, con reticencias, reservas y condiciones a causa de sus maneras y formas (a veces defectuosas) de conducirse, pero los ha unido momentáneamente, en diferentes niveles y grados, entorno a un ideal electoral concreto. Se trata, en el fondo, como lo denominó Gonzalo Vial, de la “rebeldía del marginado”, es decir, de ese chileno que se ha convertido en un miserable mientras sus demás compatriotas "se fueron quedando en silencio", como diría Schwenke & Nilo, al chileno que la injusticia lo ha hecho "como fierro", y que ha acumulado, sin darse cuenta, un cierto resentimiento en su alma. A ese miserable que ya no tiene mucho ardor para levantar la voz ante la destrucción de sus comunidades (partiendo por la propia), a ese miserable que no entiende por qué a algunos les cuesta más que a otros (vivir, no tener) mientras recorre, para arriba y para abajo, los puntos cardinales de Santiago sin encontrar muchos sentidos. Progreso al que se puede teóricamente llegar, pero sólo por la vía de la excelencia y el mérito, camino ─que muchos siguen porque se les "fue pegando la avaricia"─ inalcanzable y que, por lo mismo, cruel y, tal vez, sin salida, porque siempre hay algunos que quedarán a medio andar, sin que nadie les explique por qué la "igualdad de oportunidades" no funcionó para ellos. La derecha, a juzgar por sus reacciones respecto de Ossandón, muy legítimas desde un punto de vista de las maneras correctas, no puede, o quizás no quiere, hacerse cargo de interpretar estas “aguas subterráneas”.
Es difícil predecir qué saldrá y qué vendrá para este grupo después de la experiencia de Ossandón. Es probable, por muchas razones, que quien lleve la batuta del "modelo" del futuro chileno sea Evópoli. Seguramente desplazarán a las élites de la derecha oficial que, por propia voluntad, no han querido jubilarse, pero que poco a poco aceptan (como Hernán Larraín) que la política ha “evolucionado” y que los hijos hacen también lo mismo. Ossandón, después de estas elecciones primarias, en medio de sus quehaceres bucólicos, volverá seguramente a sus labores legislativas. Y probablemente ese grupo que representa se disperse y diluya para "volver a la lucha" del día a día. Pero nada asegura que la derecha que quizá gobierne en los próximos cuatro años y que ha desplazado a los ignorantes, a los inútiles, a los marginales, y a quienes no tienen grandes virtudes de excelencia, ni cualidades de gestión, vuelva, después de los fútiles tiempos mejores, a ser parte de la insignificancia ética y política, algo todavía peor a lo que es.
Luis Robert Valdés

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