miércoles, 6 de octubre de 2021

¿Por quién debe votar un socialcristiano en las elecciones presidenciales?

Es cierto que el discernimiento en temas políticos es una labor difícil, sobre todo en momentos tan complejos como los que vivimos, donde nos acercamos a ser una religión de minorías y hemos sido expulsados del ámbito público. En este contexto, muchos se preguntan, ¿a quién deben apoyar los socialcristianos?

Antes de contestar la pregunta, debemos realizar una aclaración previa: en Chile, por razones históricas, el socialcristianismo tiende a identificarse con la Democracia Cristiana. Sin embargo, entiendo acá el «socialcristianismo» en sentido amplio: no como una doctrina política en particular, ni tampoco como una ideología, sino como la obligación que debe asumir un católico para con las cuestiones propias del orden temporal. Como decía San Alberto Hurtado, “El cristianismo es social o simplemente no es cristianismo. No hay una conciencia para la vida privada y otra para la vida pública. El patrón que va a misa y que paga o que roba su salario al obrero son una sola persona. La fe cristiana debe gobernar absolutamente todos los actos del individuo, y la Iglesia Católica no puede aceptar una estructura social que impida a los hombres la perfección a que están todos llamados. Esto significa que los valores cristianos deben encarnarse en el tiempo; el Reino cuyo advenimiento se pide, comienza en este mundo, aquí y ahora”.

En sus célebres Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola nos propone distintas «reglas» para hacer elección, las cuales pueden ser empleadas para tomar decisiones importantes como casarse, irse al seminario y hasta para ayudarnos a clarificar las decisiones domésticas a las que nos enfrentamos todos los días. 

En este contexto, me parece que estas reglas nos pueden ayudar para «discernir» por quién votar en estas elecciones de noviembre próximo. En efecto, las decisiones se disciernen, se sopesan, se «rumean» como decía el mismo santo de Loyola. En realidad, el cristianismo no es una ideología donde sus principios se apliquen matemáticamente a la realidad. En particular, nos puede ser de ayuda la «regla del pro y contra» que San Ignacio define como uno de los modos para hacer elección en un «tiempo tranquilo», entendiendo por tranquilo un momento donde se puede usar de la «razón» de «modo adecuado», es decir, donde el alma no se siente tironeada por grandes consolaciones o desolaciones.

Los pasos son los siguientes. En primer lugar, es necesario ponerse delante la materia sobre la que quiero hacer elección: el estado de vida, el voto político, comprar una cosa, etc. En segundo lugar, recordar el fin para el cual hemos sido creados. En tercer lugar, pedir a Dios la gracia para que mueva mi voluntad y pueda, en efecto, confirmar la decisión. Por último, «razonar» los pro y contra, viendo las ventajas y desventajas que trae para mi vida hacer tal o cual cosa, o votar por este u otro candidato (por extensión, para la sociedad). Es necesario precisar que deben tratarse de razones objetivas, no sentimentales o imaginarias.

Una vez realizado el razonamiento, debemos «mirar» dónde se inclina más la razón. Y así, según la mayor moción racional (y no sensible) se debe hacer elección sobre la materia que nos hemos propuesto. No debemos olvidar que, si bien en este caso se trata de una elección política, mudable o contingente, donde pueden existir múltiples razones a favor o en contra, debemos pensar que es necesario elegir lo que más conviene para mi perfección o santificación. Cualquier otra consideración es secundaria o subordinada a este. Aunque no nos guste sensiblemente, debemos hacer caso a lo que la razón objetiva nos diga.

En una primera etapa, el discernimiento se nos facilita porque podríamos proceder por exclusión: entre los ocho candidatos, solo tendríamos en principio tres caminos aparentemente lícitos: Sebastián Sichel, José Antonio Kast y el voto nulo o blanco. En esta columna solo me referiré a estas dos opciones: son evidentes las razones por las cuales un católico no debería apoyar a los restantes candidatos.

Procedamos con Sichel. Pro: i) es un candidato que parece haberse liberado de las ideas de la izquierda. Sus cambios de militancia parecen obedecer a una cierta consecuencia política más que a la pura conveniencia; ii) es un candidato que se opone a las ideas económico-sociales dominantes, y pareciera ofrecer, en ese sentido, un contrapeso a los actuales y posibles excesos de una Convención Constitucional integrada en su mayoría por grupos de izquierda, moderada y radical; iii) por último, parece lograr un apoyo que va más allá de los ejes tradicionales de la derecha política, lo que pareciera indicar que su candidatura busca más el consenso que la trinchera tradicional que ofrece la derecha. Contra: i) no parecieran importarle las cuestiones antropológico-éticas como el aborto, o la configuración de la familia da fundada en el matrimonio. Pareciera, de hecho, pensar de modo más liberal que la coalición que lo apoya, fingiendo su verdadero pensamiento; ii) su historia de vida personal si bien es admirada por muchos, pareciera esconder ciertas inconsistentes que no están del todo claras. Pareciera ser un candidato que se construyó solo en base a ese relato; iii) por último, tampoco pareciera ser un candidato que haya nacido del verdadero apoyo popular. Sus apoyos económicos y políticos provienen, de hecho, de los tradicionales grupos económicos, que poco o nada les importa el catolicismo.

Por otra parte, el razonamiento para Kast sería el siguiente. Pro: i) tiene un carácter forjado y definido, muy favorable a las virtudes que debe poseer un buen gobernante ; ii) es un católico practicante y no solamente de nombre, lo que garantiza una mayor coherencia entre el "dicho y el hecho", lastre común entre los políticos; iii) tiene, al contrario de lo que se piensa, un programa de reformas moderadas en relación al clima que estamos viviendo, caracterizado por los excesos y la irresponsabilidad. Contra: i) no tiene una visión lo suficientemente crítica de la modernización político-económica implementada en los tiempos del régimen militar; ii) su proyecto político se sustenta en una síntesis conservadora-liberal con fundamentos algo endebles, sobre todo por la ausencia de verdaderas ideas políticas (ya Gonzalo Vial decía que la derecha chilena era «pura pasión»; iii) habrá que observarlo, pero algunas de sus ideas parecieran reñir con la doctrina social de la Iglesia (en temas económicos y sociales y otros como la inmigración).

¿Dónde inclina más la razón?

Si se realiza un razonamiento objetivo, la razón claramente se inclina hacia José Antonio Kast, salvo que queramos anular el voto. Hay aspectos de Kast que para un socialcristiano podrían no gustar: su falta de autocrítica hacia el liberalismo económico, una visión excesivamente conservadora de la vida social (Chesterton nos recordaba que el católico es antes «tradicional» que conservador). Sin embargo, no siendo perfecto, posee unas virtudes políticas enormes, que ningún candidato logra alcanzar ni siquiera de cerca: es una persona que ordena bien a su rebaño (posiblemente con muchas diferencias internas que casi no se notan hacia el exterior, al contrario de lo que ocurre con Sichel) y, por su catolicismo, su razón política tiene mayores probabilidades de ser iluminada por la fe, si llega obviamente a ser Presidente de Chile.

Alguno estará pensando por ahí que este análisis es "clericalista". Pues no: un auténtico socialcristiano, jamás confunde el orden temporal con el orden sobrenatural. Pero jamás los "separa", como lo hace el liberalismo. Tan solo «distingue», no para separar, sino para «unir». Las condiciones históricas de posibilidad para el socialcristianismo se ven lejanas: es verdad. Pero nunca debemos perder la esperanza ni volvernos liberales para renunciar a ellas (“hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados”, escribía León XIII). Mientras tanto, debemos ser fieles antes que buscar el éxito político y Kast es la mejor opción.


Luis Robert V.

Marido y padre de familia chileno

jueves, 6 de julio de 2017

Las aguas subterráneas

Alameda de Las Delicias a principios del s. XX
En la derecha se han quedado con un sabor amargo después de las recientes elecciones primarias. Los conflictos personales entre los candidatos parecen haber amagado el esfuerzo que algunos intelectuales y políticos han venido realizando al alero del manifiesto por la “República y el buen gobierno”. Los dardos, en tal sentido, apuntan al candidato rebelde y esquivo, al senador independiente y ex alcalde Manuel José Ossandón, ¿quién es este polémico personaje, que algunos tipifican como “patrón de fundo”, “populista”, “traidor”, “deslenguado” y últimamente de “ignorante” supino?

Es justo reconocer que no es fácil lidiar con su personalidad. Dado que se trata de una figura que parece correr con “colores propios”, que no tiene una doctrina política clara, a lo que se suman las dogmáticas tentativas de definición por parte de sus oponentes, quizás lo más fácil sea preguntarse primero, ¿quién "no" es Ossandón? El senador no representa ni el estilo de gobierno que caracteriza al Ex Presidente, ni sus bromas, ni su forma de hablar, ni sus estudios, ni su trayectoria empresarial ─ “Yo fui gerente de una empresa agrícola; él fue gerente del Banco de Talca”, comentó orgullosamente en el debate─ ni tampoco a las corrientes políticas que se han arrimado en su trayectoria. Menos aún a Felipe Kast, la derecha liberal, la derecha pulcra, abierta a las “cosas nuevas”, con toda la acción social del padre Hurtado, pero sin los "complejos" de la Iglesia Católica (de ahí la “evolución” política), que sí parece encarnar el “díscolo” senador.

¿Quién es, entonces, Ossandón?

Tal como sugirió Juan Ignacio Brito, la posición que en la derecha ocupa este personaje es más que la de un díscolo, o la de un terrorista de escala menor que no respeta compostura alguna. Porque si hablamos de vicios y malos modales es difícil que salgamos bien parados si queremos definir la esencia de un buen político. Baste que leamos las "ilustradas" cartas personales de don Diego Portales (“Nadie quiere vivir sin el apoyo del elefante blanco del Gobierno y cuando los huevones y las putas no son satisfechos en sus caprichos, los pipiolos son unos dignos caballeros al lado de estos cojudos”, le decía a Antonio Garfias en 1831), uno de los próceres curiosamente más admirados por esa misma derecha que convulsiona con las conductas de Ossandón. Lo mismo ocurre con las virtudes. Stefan Sweig relata que Fouché, el genio tenebroso de la Revolución Francesa, pese a la perfidia política que le caracterizó, era en el hogar un “hombre singular”, el “padre de familia más tierno”. Y todos sabemos que sus virtudes privadas no perfilaron su modo de hacer política.

Siguiendo este hilo conductor, curiosamente esa derecha, que vincula las virtudes privadas al éxito en el ámbito público (virtudes familiares que, por cierto, muchos no buscan "imponer" a los demás), probablemente se esté metiendo en un problema insoluble al expulsar a Ossandón (y lo que representa) de sus límites ideológicos. El senador, que no es el candidato de los letrados, ni de los técnicos, ni de los diplomáticos, tiene larga experiencia en gobiernos comunales, lo que, por cierto, no basta para gobernar un país, pero que, con todo, es una experiencia notablemente superior, aunque no mejor ─en términos políticos─ que la gestión empresarial o la academia. Pero lo importante es otra cosa: son las “aguas subterráneas”, los sentimientos, las actitudes e ideas políticas que hay tras su figura ─la historiadora Teresa Pereira decía que el Partido Conservador chileno (base explicativa de personas como Manuel José Ossandón) estaba compuesto no sólo por "ideas", sino también por "figuras" y "actitudes"─; todas excluidas del maistream de los sectores ilustrados del Santiago contemporáneo y que deambulan, sin mucho éxito, por las periferias de la derecha chilena, por el "Santiago que se fue", como diría Oreste Plath. Al senador le falta mucho, pero hay algo que no dejó ir: no memoriza las cifras exactas sobre lo que cuesta su programa de gobierno, pero no parece haber puesto “la carreta delante de los bueyes”. Sabe que lo primero es la política y después la economía, punto que la derecha oficial ya ha olvidado hace bastante tiempo.

En este diagnóstico, que puede ser incompleto, pero no por ello incorrecto, coinciden una buena parte de chilenos, como lo constatamos en las recientes elecciones primarias, sobre todo de diez comunas típicas del Santiago marginal (sin que se entienda en términos peyorativos), de esa Región Metropolitana que es víctima de las "externalidades" del progreso. Son una clase de chilenos que Sebastián Piñera ni Felipe Kast aspiran a representar, un tipo de chilenos que proclaman, como Teófilo Cid, que "nada une tanto como el frio", son esos chilenos que no son nostágicos de un orden social superado, pero que intuitivamente son críticos del ideal aspiracional, de eso que últimamente se ha llamado la "excelencia" y el "mérito" como fines de la vida personal. A esa categoría de chilenos que no tiene sus esperanzas puestas en “subir” de nivel social para entrar en otro, sino al compatriota que quiere ser feliz, pero que la vida lo ha acorralado con incertidumbres materiales (sobre todo por elecciones que no hubiese querido hacer) y, a veces, con más que una desgracia personal que nadie puede resolver sino él mismo (pues redes ni capital cultural, posee), a ese chileno que, en el fondo, anhela la plenitud existencial antes que de "poseer". A ese hombre y mujer que tiene fe y que, por lo mismo, tiene que seguir "poniéndole el hombro" en ese panorama que quizá nunca se arregle del todo, por sus hijos, por su familia, por sí mismo. Gráficamente, ese chileno que representa a Farid García, el notable ganador del programa Masterchef, donde el mérito parecía ser sólo un medio al servicio de la amistad. El senador parece haberlos aglutinado, con reticencias, reservas y condiciones a causa de sus maneras y formas (a veces defectuosas) de conducirse, pero los ha unido momentáneamente, en diferentes niveles y grados, entorno a un ideal electoral concreto. Se trata, en el fondo, como lo denominó Gonzalo Vial, de la “rebeldía del marginado”, es decir, de ese chileno que se ha convertido en un miserable mientras sus demás compatriotas "se fueron quedando en silencio", como diría Schwenke & Nilo, al chileno que la injusticia lo ha hecho "como fierro", y que ha acumulado, sin darse cuenta, un cierto resentimiento en su alma. A ese miserable que ya no tiene mucho ardor para levantar la voz ante la destrucción de sus comunidades (partiendo por la propia), a ese miserable que no entiende por qué a algunos les cuesta más que a otros (vivir, no tener) mientras recorre, para arriba y para abajo, los puntos cardinales de Santiago sin encontrar muchos sentidos. Progreso al que se puede teóricamente llegar, pero sólo por la vía de la excelencia y el mérito, camino ─que muchos siguen porque se les "fue pegando la avaricia"─ inalcanzable y que, por lo mismo, cruel y, tal vez, sin salida, porque siempre hay algunos que quedarán a medio andar, sin que nadie les explique por qué la "igualdad de oportunidades" no funcionó para ellos. La derecha, a juzgar por sus reacciones respecto de Ossandón, muy legítimas desde un punto de vista de las maneras correctas, no puede, o quizás no quiere, hacerse cargo de interpretar estas “aguas subterráneas”.

Es difícil predecir qué saldrá y qué vendrá para este grupo después de la experiencia de Ossandón. Es probable, por muchas razones, que quien lleve la batuta del "modelo" del futuro chileno sea Evópoli. Seguramente desplazarán a las élites de la derecha oficial que, por propia voluntad, no han querido jubilarse, pero que poco a poco aceptan (como Hernán Larraín) que la política ha “evolucionado” y que los hijos hacen también lo mismo. Ossandón, después de estas elecciones primarias, en medio de sus quehaceres bucólicos, volverá seguramente a sus labores legislativas. Y probablemente ese grupo que representa se disperse y diluya para "volver a la lucha" del día a día. Pero nada asegura que la derecha que quizá gobierne en los próximos cuatro años y que ha desplazado a los ignorantes, a los inútiles, a los marginales, y a quienes no tienen grandes virtudes de excelencia, ni cualidades de gestión, vuelva, después de los fútiles tiempos mejores, a ser parte de la insignificancia ética y política, algo todavía peor a lo que es.

Luis Robert Valdés

viernes, 31 de marzo de 2017

El Santiago que se fue

Alameda de Las Delicias, frente al Cerro Santa Lucía, el 12 de agosto de 1932.
"En la amplia avenida, la Alameda de las Delicias, como dice mi madre, antiguo lecho del otro brazo del río Mapocho, frente a la entrada ceremonial del cerro concebida por don Benjamín Vicuña Mackenna, el alcalde grafómano e inventor, hay un movimiento de góndolas llenas de gente que cuelga de las pisaderas y hasta de las ventanas, como racimos humanos, de tranvías que trituran rieles y avanzan tocando una campanilla, de carretelas arrastradas por caballos flacos, de carretones cargados por hombres que parecen no tocar el suelo con sus chancletas o sus pies desnudos, de uno que otro automóvil, un Ford de bigote, un Hudson gris en forma de acorazado, de niños harapientos, llenos de mocos, que corren por todos lados, pero no tienen zapatos ni trajes de marinero, de beatas encorvadas, escondidas bajo velos negros, que dan pasos cortos apresurados para alcanzar la misa de nueve de San Francisco. En el aire se cruzan las campanadas de San Francisco, las del Carmen, las de la iglesia de la Merced, más lejanas, las de la Veracruz, débiles, dispersadas por los ventarrones, por el revoloteo de abejorros y de zorzales, de uno que otro matapiojo, de picaflores"

Tomado de: Jorge Edwards, "Los círculos morados", p. 10.

martes, 7 de marzo de 2017

Libertad

Probablemente el materialismo es el principal problema de la vida social. Y no me refiero necesariamente a cuestiones de índole económica: sería vulgarizar un asunto que es muchísimo más profundo, ni tampoco hago referencia al consumismo, ni al acaparamiento, ni al arribismo, o cualquiera de esas modalidades de materialismo muy importantes, por cierto y que algunos sociólogos han detallado mejor que yo por ahí en libros.

Me refiero a ese materialismo que no permite que las personas sean libres, donde la facultad de elegir una cosa, o una persona, entre muchas, es sólo una ilusión. En ese sentido, es un error pensar que los materialistas son los comunistas y los marxistas, o los izquierdistas de la Nueva Mayoría. Muchas veces quienes enarbolan estas ideologías reaccionan frente al materialismo que nosotros hemos creado. Hay materialismo allí donde los bienes del espíritu, el amor, la amistad, la belleza, la vida, la libertad, bienes que, por definición, son infinitos (no tienen limitación o no se agotan como ocurre con los bienes materiales), se tratan con las lógicas propias de la materia y, por eso mismo, sólo se accede a ello desde una plataforma muy limitada. Libertad, en vez de ser una facultad de elegir entre muchas opciones, se ve limitada por una causa material, a pocas o a veces a ninguna opción.

Culpamos demasiado a nuestros adversarios de ser materialistas pero, nosotros, los cristianos, hemos cenado secretamente con el materialismo desde el momento en que no nos cuestionamos lo suficiente ante este tipo de esclavitud velada y nos conducimos en nuestras relaciones humanas más íntimas, sin saberlo, desde barreras materiales. Elegimos nuestras relaciones íntimas considerando el prestigio, la distinción, la certificación, formas muchísimo más finas de confesar, ante el mundo, que el espíritu humano no está llamado a lo radical, a lo infinito, sino que está limitado y muy limitado, por el hombre.

Luis Robert Valdés

miércoles, 24 de agosto de 2016

Consensos

Gonzalo Vial Correa (1930 - 2009)
"No hay ninguna estabilidad político-social, ningún consenso viable, con el 20% de la población sumido en la miseria física y moral del marginado. El progreso del resto de la sociedad exacerba la rebeldía del marginado.
Mientras más extensivo es ese progreso, peor es la legitima amargura de quien no lo comparte ni mínimamente. “Si tantos otros sí. . . “¿Por qué yo no?" -es una pregunta muy lógica. El advenimiento y triunfo de la imagen en las comunicaciones sociales, y especialmente el vertiginoso auge televisivo, han sido combustible para aquella amargura. Antes el miserable podía solo suponer la vida de los más afortunados; ahora, y desde hace algunos años, la ve. . . y en colores"

Tomado de: "Decadencia, consensos y unidad nacional en 1973", Gonzalo Vial Correa

martes, 11 de agosto de 2015

Leerán algún día

Roque Esteban Scarpa (1914-1995)

Escribo para alguien que me espera.

No sabe que me espera. Cualquier día

Encontrará la palabra quieta con su ansia
y le dirá mi sentido a su sentido.

Quizá resbale por ella y no la entienda.
Hay que respetar al tiempo. Él sabe madurarnos.

Puede que la verde palabra bajo su sol grane
o que al alma tierna le urjan gravedades,
sonrisas entreveradas desde los grises,
alguna ortiga de ira que la irrite,
un moho triste que contenga salvaciones,
azulear fugitivo entre densos líquines,
por la complejidad de serlo no decir hombre
en el recuerdo que despierta a la memoria
de esa sucesión de olvidos que es su sueño.

Algún día, alguien leerá lo que no he escrito,
pero su apariencia la moverá a lo eterno

miércoles, 5 de agosto de 2015

La comunidad política

Alasdair MacIntyre (1929 - )
"Esta noción de comunidad política como proyecto común es ajena al moderno mundo liberal e individualista. Así pensamos a veces de las escuelas, hospitales u organizaciones filantrópicas; pero no tenemos ningún concepto de esa forma de comunidad interesada, como dice Aristóteles estar interesada la  polis, por la vida como un todo, no por este o aquel bien, sino por el bien del hombre en tanto que tal. No es de maravillar que la amistad haya sido relegada a la vida privada y por ello debilitada en comparación con lo que alguna vez significó. 

La amistad, por supuesto, en opinión de Aristóteles, conlleva afecto. Pero ese afecto surge dentro de una relación definida en función de una idea común del bien y de su persecución. El afecto es secundario, que no es lo mismo que decir que  no sea importante. Desde una perspectiva moderna, el afecto es a menudo el tema central; llamamos amigos a los que nos gustan, quizás a los que nos gustan mucho. «Amistad» ha llegado a ser en gran parte el nombre de un estado emocional, más que un tipo de relación política y social. E. M. Forster apuntó en una ocasión que si  llegara a tener que elegir entre traicionar a su país y traicionar a un amigo, esperaba tener la valentía de traicionar a su país. Desde una perspectiva aristotélica, quien sea capaz de formular tal contraste no tiene país, no tiene polis; es ciudadano de ninguna parte y vive, donde sea, en un exilio interno. 

En realidad, desde el punto de vista aristotélico, la sociedad política liberal moderna no puede parecer sino una colección de ciudadanos de ninguna parte que se han agrupado para su común protección. Poseen, como mucho, esa forma inferior de amistad que se funda en el mutuo beneficio. Lo que les falta, el lazo de la amistad, está ligado al sedicente pluralismo liberal de estas sociedades. Han abandonado la unidad moral del aristotelismo, ya sea en sus formas antiguas o medievales".

Tomado de: Alaisdair MacIntyre, Tras la virtud, Crítica, 2001, p. 168.